Marcelo Brunás

Un rebelde, el Marce era un rebelde, uno de esos que tenía muchas cosas para decir y las decía, hablando, fotografiando, pintando, actuando, escribiendo, andando, viviendo, muriendo.
Con una ortografía que hacía temblar las reglas de la Real Academia, Marcelo escribía cuando no le alcanzaban las otras herramientas, y la vida se le colaba con una estética propia y una pasión arrolladora entre los signos del abecedario. La belleza podía estar con ve larga o corta, el corazón con zeta o con ese, pero el texto latía, latía y se teñía de azul, de rojo, de bordó, hasta estallar con una fuerza que no podía contenerse entre reglas de adjetivos, adverbios o prefijos. Mensajes colgados en la cocina, una reflexión filosófica pegada en la tapa del inodoro, una advertencia de cotidianeidades mediocres en la mampara de la galería, un retazo de otras poesías metido en un cuadro de torbellinos apaciguados. Ejercía su rebeldía, pero no desde la negación, sino desde la acción.
Con papeles vencidos, desafiando las combinaciones de los reveladores y fijadores, con temperaturas inadecuadas, Marcelo se instalaba en el cuarto oscuro a desentrañar imágenes que le trampeaba a la realidad.
Por momentos reclamaba asesoramiento metódico y argumentado para formarse como fotógrafo, pero la cámara en sus manos no soportaba un encuadre tradicional, las luces se cruzaban rompiendo el triángulo básico y, en el laboratorio, los filtros saltaban variando saturaciones, acutancias y contrastes. Entre ácido acético y viradores se revelaba su rebeldía.
Tratando de sacar las máscaras que tapan dobles discursos, poniéndoles caretas ridículas a la intolerancia, pintando las lágrimas de la angustia, disfrazándose con desnudeces, actuaba en escenarios reales o creados.
En un lienzo de tres por cinco o en un papel de 0,10 por 0, 12 armaba una paleta impredecible, mezclada con fotos, con un texto cruzado y un pedazo de tela, -técnica mixta dirían los críticos- el Marce se despachaba con un cuadro que colgaba patas para arriba.
Cuando uno creía que podía sentarse cómodamente a tomar unos mates, el loco instalaba un cuestionamiento que te hacía revisar, no la impudicia de tus errores, sino ese indeleble subterfujio escondido, indefinido, imperceptible, -aunque no por eso inexistente- y ¡zás! Caías al tobogán de tu interior. Y entonces, tomando mates, desandabas sinuosos caminos, esos en los que uno se construye sin negociaciones.
¿Sabían que le gustaba el viento norte?. Sí. Le gustaba el viento, pero no cualquier viento, ese tórrido e insoportable viento de agosto. Ese viento, que a mi me pone los pelos de punta, al Marce le gustaba. Quería filmarlo, con un ruido monótono de postigones chocándose, con la tierra metiéndose en los ojos, removiendo la siesta enceguecedora de Catamarca.
Yo a veces pienso que le gustaba el viento de puro contestatario que era, nomás, porque no es una imagen marquetinera ni de consumo, porque no es armónica, ni tranquila. Por eso le gustaba.
Marcelo, con los ojos entreabiertos, una sonrisa enigmática, un gato enroscándosele en el cuello, me mira con ternura y picardía desde una foto que le sacó el Ramiro. Me mira, y recuerdo su abrazo dos meses antes de la muerte. Le miro y me asalta la idea de que no quiso asistir a tratamientos tradicionales, no me extraña.
Mis hijas hablan de él como si aún estuviera en la casa de enfrente. Yo creo que anda con otro montón de amigos rebelando ángeles para que hagan el amor, entre el cielo y el infierno, dónde esté más lindo.
Marce, te mandamos un abrazo y ponemos tus obras en común. Ojalá todavía te gusten y les guste a los que andan vivos por aquí.

Ana Mohaded

2 comentarios:

Shroomery dijo...

Qué hermosas palabras! Que hermoso personaje al que no conocí. Gracias por compartirlo.

dai dijo...

hola , me llamo daiana brunas soy de argentina me alegro encontrar a algien con mi apellido. aca todos en el pais somos parientes ya que llego 1 familia de italia. tu de donde eres?? me encantan tus fotos .